viernes, 7 de febrero de 2014

Crisanto


Como un sabueso que rastrea la presa, Crisanto levanta la cara y mira alrededor al salir del coche. Olfatea el mar. Coloca el índice y el pulgar en los extremos de los labios y tira hacia abajo acusando más el rictus de su boca.
Paladea el sabor a sal.
Paga al taxista y continúa a pie. Tras doblar el recodo divisa el faro entre la bruma que lo cubre. Para verlo mejor ajusta las gafas a su nariz aguileña, mientras recuerda las salvajadas que tuvo que aguantar sobre ella estando encerrado.
Con su andar encorvado llega hasta el punto. Se detiene. Contempla desde la altura el verde lechoso del agua chocando contra las rocas y la velocidad de la espuma al elevarse varios metros.
Se acerca más al acantilado y pone los pies justo al borde; un latigazo traspasa su cuerpo. En la zona más escarpada, Crisanto, estático, percibe el incesante movimiento del mar que lo reclama. Cierra los ojos y se retira unos pasos.
¿Por qué no pudo demostrar que no fue él?
¡Aquel abogaducho que le adjudicaron tuvo la culpa!
Había trabajado en diferentes faros por el Mediterráneo, sin embargo, Crisanto ansiaba ser el señor del mar en uno del norte, batido por grandes olas.
Cuando obtuvo un puesto de farero en el Cantábrico la felicidad le pareció a su alcance.
Pero llegó solo, su novia de toda la vida había decidido en el último momento que no estaba dispuesta a abandonar su tierra. Y aquel verano, con manos temblorosas por abrir las cerraduras, Crisanto tomó posesión del faro resentido contra las mujeres en general.
Siempre huraño bajaba hasta el bar a emborracharse. En poco tiempo logró que unos lo evitaran y el resto lo ignorasen. Así se convirtió en ‹‹El Farero››, aislado, incapaz de entablar relaciones. Por contraste, buscaba la compensación en los despeñaderos, entre los cortes más verticales por el estrecho camino de acceso al faro. Consciente del peligro, desafiar el terreno era lo único que le hacía sentirse vivo. Pese a ello, las experiencias del mar, el viento y la lluvia por compañeros, con el paso de las estaciones comenzaron a perder para él la primitiva intensidad.
La conoció tras subir gateando, agarrado a un aligustre, para con un impulso final llegar al camino y conseguir dejar atrás el abismo. Oliva le contemplaba al lado del precipicio, con sus manos cruzadas sobre el pecho, y expresión de admiración en el rostro. Ella aplaudió al hombre triunfador, en el instante en que, de un salto, Crisanto se ponía en pie. Ocupado en desafiar al vacío no la había visto.
Vivía en la casa  más cercana al faro y se había acercado para ofrecerle productos de su huerto.
―Son patatas de riñón, las mejores. También tengo tomates estupendos.
La juventud de Oliva y su tez morena le devolvieron el deseo de compañía femenina. Obsesionado con la joven, temeroso de perderla, al poco tiempo le pidió que se casaran:
―Ninguno tenemos familia, será poco más que ir al cura y firmar― le dijo al proponerle que se mudase a vivir a la casa del faro.
No obstante, receloso de que le abandonasen de nuevo, él era incapaz de desprenderse de sus obsesiones. Dificultaba que ella se acercase al pueblo.
Un día, en el bar, permanecía sentado con su botella de orujo delante y alguien contaba una historia. Cuernos, en el aire quedó la palabra. Su mirada oblicua se refugió en el fondo de su vaso. Mientras hundía el cuello en los hombros, le pareció que su espalda se convertía en el centro de las risas de los parroquianos.
Ya había pasado la novedad de tener a Oliva cerca, y el carácter misántropo de Crisanto volvió a resurgir. Entre celos y silencios pasaba de ignorarla a despreciarla; ella no se adaptaba a aquel tipo de vida en el faro y, para colmo, la boda no llegaba… Entretanto Oliva quedó embarazada. Se lo dijo con temor, casi en un susurro. Y la reacción de él no se hizo esperar:
―Quién me dice que es mío, a saber, o te deshaces de él o te largas con tu bastardo.
Oliva tardó en comprender el significado de la frase. Suplicó entre lágrimas… Aquella misma noche, Crisanto la echó de la casa del faro.
Supo que tuvo un chaval. En una ocasión tropezó con la partera:
―Farero, no lo puedes negar: el chiquillo es igual que tú ―le dijo.
Crisanto no respondió.
Alguna vez distinguió de lejos a Oliva con el muchacho. Crisanto siguió por el sendero montado en su “Iso”. También la vio paseando por los alrededores del faro.
Muy atrás quedaron los tiempos en que se levantaba por las mañanas con ilusión. En el primer destino de farero, había limpiado los lentes de Fresnél con mimo. Atendía a la linterna. Revisaba con dedicación el sofisticado mecanismo giratorio, para que no fallase. Se había sentido un héroe orientando a los navíos.
Entre los acantilados y el faro Crisanto subsistía dejando transcurrir los años. No obstante, se ganaba unas pesetas extras arreglando cualquier aparato de óptica que llevase lentes en su interior; de esa manera, iba haciendo unos ahorros para su cercano retiro. Únicamente hablaba con sus clientes. Y lo preciso.
Un atardecer cuando subía por las escaleras de hierro advirtió un ruido seco diferente a los habituales del faro. Puso atención. Entonces le pareció notar el eco de pasos acelerados por debajo. No tenía ningún arreglo pendiente. Le traerían un trabajo nuevo. Agudizó el oído. Pero los sonidos cesaron.  Siguió subiendo hasta llegar a una estrecha escalerilla vertical, para acceder al corazón del faro antes de que cayera totalmente la noche. Revisó la gran linterna de cristales circulares. Todo en orden.
Por el oeste aún se distinguía el rojo del sol ocultándose tras el mar dejando el cielo teñido de magentas.
Con el cigarrillo apagado en la comisura de los labios, Crisanto dio por finalizada su ronda. Llegó al primer peldaño de la escalera de caracol con su rictus de amargado, y las manos sucias de andar limpiando los engranajes y no lavárselas durante días. Miró sus pies enfundados en unas zapatillas de cuadros por las que asomaba el dedo gordo, comenzó a bajar, ni se molestaba en ponerse zapatos.
― ¿Para qué? ―A fuerza de vivir solo tantos años, se había acostumbrado a hablar en alto para escuchar una voz.
Porque la soñada melodía de un mar bravo, se había convertido para él en un rugido insufrible, que lo envolvía pegado a su piel llegando a desquiciarle.
Afuera era de noche.
Y Crisanto, sin querer, mentalmente repasaba los segundos del giro del haz de luz, los tenía incrustados en su cabeza. Le taladraban sin poder evitarlo. Uno, dos, tres, uno… ocho, nueve; u-n-o, d-o-s, t-r-e-s… ¡Odiaba; la odiaba, odiaba aquella cadencia! Bordeando la cordura, hermético en su obsesivo contar, trastabilló con algo en uno de los peldaños en medio de la escalera.
― ¡Cago en…! ―retumbó su voz en el interior del faro.
Introdujo la mano en el bolsillo del pantalón y buscó la caja de cerillas. Con sus uñas ennegrecidas Crisanto rascó una y acercó la llama al bulto.
― Pero, ¿Qué…?
Atravesada en dos escalones, Oliva, con irregular respiración, emitía unos sonidos como jamás había oído. ¿Qué hacia ella allí? La cerilla le quemó la yema de los dedos. Encendió una más y la acercó a su cara.
En principio, no se atrevió a moverse. Permaneció arqueado ante ella que lo miraba sin expresión en sus ojos muy abiertos. Una cuerda rodeaba su cuello. ¿Quién le había hecho aquello? Aunque pensándolo bien… a él ¿Qué le importaba? Seguro que ella se lo había buscado. El reflejo del haz de luz iluminaba la escalera del interior del faro alternando la luminosidad con la negrura, Crisanto no gastó ninguna cerilla más.
De pronto una idea le asaltó ¿Le culparían de aquello?, ¡Seguro!. Todo el mundo sabía que habían tenido que ver. Sacudió la cabeza. Debía alejarla de allí.
Bajó a por la gran saca con la que protegía los lentes para repararlos, y al volver a subir la respiración ronca y silbante de Oliva delataba que aún vivía. No le importó. Tenía que quitarse el problema de encima. Era su único pensamiento. Con toda su fuerza metió la saca por debajo de Oliva y la cerró dentro.
Apretó los nudos. Comenzó a arrastrarla.
Cada impacto seco le indicaba un peldaño bajado, Crisanto se animaba y tiraba más fuerte. Llegó al final de la escalera. Un último peldaño.
Y… ¿Qué hacía con ella? ¿Tirarla al mar?. Escuchó las olas que estallaban contra el acantilado, la marejada se abatía sobre la costa esa noche. Lo desechó, el mar la devolvería. 
Se detuvo a cavilar. Había deseado apartarla de su vida, pero no, ella se obstinaba en pasar por delante del faro, enseñarle ese bastardo que se había empeñado en tener. Aunque el odio que ofuscaba su mente nublaba sus ideas, Crisanto se aferró a una que le pareció sublime. Haría desaparecer para siempre a Oliva. Conocía el lugar perfecto. Nadie la encontraría jamás.
Arrastró la saca fuera del faro y cargó a Oliva sobre su moto. La ató con varios cordajes y arrancó. Avanzó entre la niebla por el zigzagueante sendero de acceso al faro, cuando llegó a su parte más estrecha se detuvo.
Lanzó el bulto al suelo.
Calculó la distancia hasta el primer arbusto sobresaliente dentro del precipicio.
Empujó.
El sonido de la caída quedó absorbido por el rugido del mar. Con tres saltos bajó hasta la saca. Volvió a empujar con fuerza.
El peso se deslizó, arrollándole por un instante a él también, hasta chocar contra las voluminosas piedras que sobresalían de la vertical. La encina enraizada en ellas ocultaba totalmente la entrada.
El golpe de una ola rompiendo abajo contra las rocas lo devolvió a la realidad.
¿Y si Oliva seguía viva? Acaso pudiese hacer algo por salvarla. Descartó la idea.
Continuó arrastrando la saca dentro de la grieta abierta en el precipicio, Crisanto conocía cada recoveco de la cueva que se abría detrás.
Cuando soltó a Oliva, Crisanto se encaramó por la pared, ni un solo tropiezo tuvieron sus pies en esta ocasión.
No se molestó en arrancar la moto, sujetándola por el manillar, regresó de nuevo al faro. La humedad de la noche formaba pequeñas gotas sobre el sillín. Y el haz de luz en su giro sin fin, a intervalos, inundaba de claridad el entorno.
No pensó más en Oliva.
Fue el chico el que había alertado a los vecinos porque su madre faltaba de casa. La policía pasó por el faro para preguntarle si Oliva lo había visitado.
Peinaron la zona y revisaron el acantilado en los primeros días de la búsqueda.
Encontraron el cadáver. Lo acusaron a él. Nadie creyó su versión.

Ni su abogado.

Mara A. Loredo
(Accesit del II Certamen Literario 50+)  Agosto 2013

domingo, 20 de octubre de 2013

El velatorio



Cuando murió el tío Pedro, que según  comentaban los vecinos, apareció muerto en la cama de Carmina, una vecina soltera del pueblo, tenía yo nueve años. Lo velábamos en su casa de la aldea. Era mi primer velatorio y lo pasé bien, al poco de llegar rezaron el rosario, yo no, luego a eso de las doce de la noche, la tía María, la mujer del tío Pedro, acercándose a la caja del muerto que estaba destapada dijo: Está muy guapo, como si estuviera dormido.

Después repartió copas y las llenó de orujo, a mi me dieron de anís, también comimos manzanas. El calor de las primeras copas de orujo, hizo que todos comenzaran a hablar y a contar chistes, al tiempo que el líquido de la botella bajaba cada vez más, tuvieron que abrir otras dos.


Los hombres, cuando la tía María no estaba presente, contaban chistes de Pedro y de Carmina, que vaya muerte más feliz encima de su amante. Se reían todos mucho, aquello parecía una romería, yo viendo tanto jaleo y tantas risas, me acerqué a la caja del muerto y vaya desengaño, el único que no se reía era… el tío Pedro.

José Ramón López Goyos
(Justas Literarias 2012)

viernes, 18 de octubre de 2013

Vampiro literario


Las doce de la noche. La luna estaba oculta tras nubes espesas y entonces la oscuridad aterraba. El vampiro abandonó su féretro en busca de victimas que le proporcionaran alimento. Se puso su capa negra y avanzó hacia la biblioteca del gran castillo amurallado. Sus pies apenas tocaban el suelo, casi flotaba. Mostrando los colmillos marfilíneos y agudos parecía sonreír. Era un espectáculo macabro que pocos hubieran resistido. Sus ojos rojizos brillaban en la noche y lo conducían hacia sus objetivos.
Ascendió las escaleras del castillo que conducían a la biblioteca, ligero sin hacer ruido; abrió la puerta aún con la  resistencia de los goznes, buscó… la D… Dickens, ¡aquí está! Y de postre… La Dama de las Camelias; algo hay en su tos sanguinolenta que me atrapa.
Una niña rubia, pálida, con grandes ojeras esperaba a la puerta, se acercó a él, sonrió con unos colmillos que más parecían de lince, bajó el camisón dejando libre el cuello, que le ofreció :” bebe, estás desnutriéndote con tanta lectura”.
 
 Ana Trelles   
(Justas Literarias 2012)

Haikus Justas Literarias 2012



Tan frágil como
ala de mariposa
nuestra vida.

Caen las hojas
tintinea el viento
en los cristales.

Calles alegres
niños bulliciosos
van al colegio.

Viento tibio
finales de verano
es septiembre.

Sabor amargo
las hojas verdes del té
en la mañana.

Gota de lluvia
rueda por tu mejilla
como lágrima.

Soñarte siempre
despertar, no sentirte
cada mañana.

Soy abogado
de las causas perdidas
de sueños rotos.

Tú ya no estás
qué distinto color de
las orquídeas.

El rompeolas
de ausentes deseos:
la poesía.

Ana Trelles   (Octubre 2012)

domingo, 26 de mayo de 2013

La llamada

Sin saber por qué ni cómo, tras toda una vida de libertad, siguiendo una llamada interior, un buen día inició el camino de regreso. Algunas veces la intuyó, pero nunca le había hecho caso. Aquella vez fue tan imperiosa que no pudo sustraerse.
Recorrió kilómetros y kilómetros atravesando todo tipo de obstáculos. Llegó al que era su irrenunciable lugar. Por fin frente a él tenía su ansiado río.
Sus raíces lo saludaron dándole la bienvenida.
¡Estaba allí, saltando nuevamente entre las piedras de su infancia! Con la mirada de adulto reconocía los profundos remansos, cada recoveco del río, las cascadas con el cantarín sonido que lo meció en la primera etapa de su vida, los desniveles con los añorados rápidos entre los que tanto jugó saltando arriba y abajo, cada piedra, cada árbol…, la tonalidad ambiental, el sabor del agua.
De repente, no supo qué le ocurría: algo lo llevaba, lo arrastraba contra su voluntad; y él, que tenía el destino grabado en cada célula de su cuerpo, en su color, en su brillante piel, pugnando por sobrevivir, comprendió que estaba llamado a ser importante. Rompería con su irremediable sino de acabar sus días en el primer tramo del río, finalizaría luchando de forma valiente, igual que había vivido. Luchó… luchó…
—Sí, seré el Campanu de este año.

Cuando lo decidió, se dejó vencer.

Mara A. Loredo

miércoles, 23 de enero de 2013

El no amor


—No me quieras tanto que me ahogas —se quejaba Laura, harta de la presión.
—Te quiero tanto que me duele. Estoy loco por ti —se justificaba Luis.

No entendía nada. Le enviaba flores, la llamaba cada dos minutos. Desde el principio se preocupó por ella. Sabía qué hacía, con quién salía, todo, porque el siempre supo lo que a ella le hubiera venido mejor, porque la amaba sinceramente.

Laura le llamaba machista y controlador. El ignoró sus palabras, ¿cómo podía ser tan desagradecida? Si hasta la había alejado de esos amigos inoportunos, de esa familia tan envidiosa que la había aconsejado que lo dejara, por un golpe de nada. Había sido un accidente.
 
—Tú no me quieres, tú me matas, me anulas —seguía diciendo ella, pegada a la puerta de la calle.
 
Un disparo sonó en la noche silenciosa, las cuatro de la madrugada. Una sirena de policía se oyó a lo lejos. El no amor mata.

Marta Nicolás Rodríguez
Publicado en el diario El Heraldo del Henares (5-1-2013)

domingo, 26 de agosto de 2012

Llocura de vieyu


Imagen: Raquel Márquez Quintero

¿Era tan viejo cómo su cara delataba?  Porque cuando se detuvo junto a la farola, su forma de apearse de la antigua bicicleta fue ágil. Ceferino, entró en el banco y esperó su turno. En caja retiró quinientos euros.
Estaba decidido, con la paga de Navidad que había ahorrado entera, iba a comprase aquel televisor moderno que vio en el escaparate. Sí, quizás era una locura, como le había dicho su amigo José cuando le reveló su sueño: le hacia ilusión tener una tele plana, de esas modernas y tan grande como un cine.
―¡Tas llocu! Eso ye una llocura de vieyu  ―dijo, poniendo el grito en el cielo. Tras una acalorada conversación, que finalizó recordando la primera vez que entraron juntos en el cine Los Campos, José pasó a ser el rendido cómplice de su capricho secreto.
Ceferino, salió del banco abstraído en el enredo de sus pensamientos. “Si viviese su mujer irían juntos a la tienda, ella tenía mas desparpajo que él y pediría descuento. No lo diría a sus nietos, tampoco a sus hijos, se lo quitarían de la cabeza, esta vez, no estaba dispuesto a que le arrebatasen su ilusión. Le asaltó una duda ¿sabría él utilizarla?, pero rápido la descartó ¡ya aprendería! Los vecinos, que tienen estudios, y le enseñaron a usar el calentador nuevo de gas, se lo explicarían”.
Cerca del corazón, en el bolsillo interior de su chaqueta de pana marrón, percibía la cartilla del banco; sonriendo, pensó en el billete que estaba junto a ella. Cuando lo recogió en el mostrador, lo observó durante tiempo, nunca había visto uno igual, era de un color diferente y estaba nuevo. Ceferino se tomó su tiempo. Con la vista ya muy cansada a sus 97 años comprobó los números, a la vez que un poco desconfiado, y cuando vio “5oo”,  por fin, lo guardó.
Aun estaba en la esquina, al lado del banco. No supo muy claro que es lo que ocurrió, todo fue muy rápido…, casi irreal, sintió que chocaban contra él y de repente palpando de forma repetida con su mano izquierda el bolsillo por fuera, comprendió  que le habían robado. Le faltaban: la cartilla de ahorros y el precioso billete morado. Aquel hombre que huía, se llevaba su ilusión. Subió a la bicicleta  y se lanzó tras él gritando: ―¡ladrón, ladrón!―, no pensó que el joven era fuerte y le podría hacer daño, sólo sabía que era quien le había robado. No sintió fatiga ni dolor en las piernas,  en su cerebro una única idea: aquel hombre se llevaba su ilusión, quizás su última ilusión; y pedaleó más y más. Cuando estaba a punto de alcanzarle, el ratero se subió a un taxi. El anciano siguió tras él, pero el coche se alejaba a velocidad, Ceferino, comprendió que ya no podía hacer nada y desistió. En la acera, entre transeúntes desconcertados, su vecina atónita, contemplaba el final de la persecución y corriendo se acercó a él, tras una entrecortada explicación, ella desde su teléfono móvil informó al 091.
La semana pasada, le entregaron a Ceferino un aviso para ir a comisaría. En la policía, comprobó sorprendido que le conocían y felicitaban por su valentía. Ya en el despacho del Comisario, y mientras le estrechaba la mano, le explicó que se detuvo al delincuente y que el Juez dictó un auto para que se le devolviese su dinero.

En la actualidad, algunas veces sale en la prensa y la gente le trata como a un héroe. No le gusta esto. Hasta vienen periodistas a entrevistarle mientras trabaja en su huerto cómo siempre, desde hace tanto tiempo que ni se acuerda cuando comenzó a plantar porque no le alcanzaba su sueldo. Tiene la impresión que todo el mundo se empeña en interrumpir sus pensamientos, su rutina. Él, sólo quiere tranquilidad.
Y  es que ahora, los días de Ceferino tienen una meta: entrar al atardecer en su salón. Porque allí…,  le espera… su secreto.

Mara A. Loredo
Publicado en Revista "Vivencias" (Julio 2012) 

miércoles, 18 de julio de 2012

Sin título


ahora no huele a nada

por mi mente pasaron
los aromas de entonces
recordé la colada
el blanco de la ropa
tendida en la ventana
y el olor a humedad
que impregnaba la casa
el cocido en el fuego
y a mi madre espumando

ahora no huele a nada

recordé las mañanas
con ese olor a algas
mis primeras mañanas
en una ciudad nueva
al abrir las ventanas
el olor del sudor
al salir de la cama
el olor de tu cuerpo
y mi cuerpo
el sabor del cansancio
el aroma a nostalgia

ahora no huele a nada

Mª Isabel Álvarez Jiménez
Publicado en la Revista Prímula (Junio 2012)

Llanto por mi musa


Te conocí de niña
(tal vez era domingo)
y apoyada en la luz de la tarde
intentaba ensayar un verso.

Recuerdo que llegaste
sobre un torrente de palabras
que se hicieron caricias
al resbalar sobe mi falda.
Las sujeté fuerte entre mis manos
no se fueran a esparcir por el suelo.

Luego hubo un tiempo compartido,
empolvado de aromas confortables
en las locuaces primaveras,
y cantos que hacían latir
a los afligidos febreros.

Pero hemos anochecido.
Las palabras se han vuelto tan cansadas
que se paran en las orillas
a holgazanear entre los recuerdos,
temerosas del chantaje del tiempo.

Una extraña mañana
de luz helada
el huerto murmuró
que en la noche tus pasos
navegaban inquietos.
Y el farol desveló
que en la noche tus ojos
hilvanaban anhelos.
Al fin el eco susurró:
te habían seducido
las enaguas tan blancas de la luna.

Ahora, cuando la tarde va cayendo
vestida de una noche seductora,
Ella te cita
en la loca oscuridad de una plaza,
y su larga cabellera de nubes
la adorna con tu canto,
tu amor, tus versos.


Paloma Muro de Zaro
Publicado en la Revista Prímula (Junio 2012)

Orfeo


Solo, en la barra de un bar
sin nombre,  con ecos de guitarra,
vuelvo a recordar
mi bajada al infierno del hospital
donde yacías dormida,
despojada ya de tu ropa
con olor a campo,
lánguidas las manos de alabastro
y la voz callada para siempre.

Luego más noches,
más bares,
más recuerdos,
y tú, mi Eurídice, susurrándome
que camine, que no mire atrás.

Pero quiero quedarme.
Y noche tras noche,
ciego a tu mensaje,
tañer la lira
de la melancolía...


Marisa García
Publicado en la Revista Prímula (Junio 2012)

viernes, 22 de junio de 2012

El viejo camino


Imagen: Diana Sobrado

Dos son los caminos que llevan a la granja. El uno, que es la ruta más pintoresca y conocida, bordea campos de labranza y prados, y el otro, que es mucho menos transitado, atraviesa un bosque de carbayos centenarios y majestuosos, regados por el río rumbo al mar. Esta última era una caleya complicada y peligrosa, y por eso, N´Longa se quedó asombrado cuando su compañero de viaje, Antonien, se adelantó por entre los árboles y, sonriente, le animó a que, por todos los dioses, fueran por allí hasta la granja de sus ancianos tíos.
−¡Por el bosque! −N’Longa se quedó contemplando los retorcidos troncos cercanos al joven.
El cuerpo arrugado y marchito, encorvado y frágil, así era N´Longa, con el rostro surcado de profundas arrugas, y ojos vivaces que resultaban chocantes para un anciano como lo era él, se quedó parado. Pensativo observó el otro camino.
−Sí, por favor; es, al menos, el camino que recuerdo −le respondió Antonien contento de recordar algo de su niñez.
−No parece muy transitado que digamos −miró de lado a los troncos dormidos y comenzó a caminar−, y el sol está cayendo. Pronto oscurecerá por lo que tenemos que darnos prisa en atravesar este bosque.
−Tranquilo.
−Yo solo digo que no me parece una buena idea.

El sonido de las hojas, rozadas por la brisa,  le recordó a N’Longa las sonrisas de viejas y se giró para confirmar que no había ninguna anciana allí.

−De pequeño cruzaba con mi tía este bosque para ir a la escuela−. Sonrío el joven al recordar aquellos días soleados de su vida− Me lo pasaba muy bien jugando en el bosque mientras el maestro nos daba clases de botánica.
El joven avanzó confiado a través de dos piedras grabadas con dibujos mientras su compañero se paraba a mirarlas extrañado.
−Solía ir todos los sábados con el maestro a pescar al río. Bueno, está bien −sonrió mientras bajaba la cabeza−, el pescaba y yo cazaba renacuajos.
Un pequeño túmulo de tierra le hizo resbalar y se cayó sobre un círculo de piedras del que se levantó ágilmente dejándolas caer.
−Pero un invierno el río se desbordó. El camino se hizo imposible de seguir y dejamos de venir por él −el anciano movió la cabeza pensativamente−. Además, a las pocas semanas, la escuela cerró al morir el maestro. Le dijeron a mi tío que lo habían encontraron ahogado bajo el puente del río, en el remanso, en una orilla.
El joven se paró un minuto mientras el anciano llegaba a su lado. Continuaron entonces el camino evitando una zona de ortigas siguiendo la rivera del río.

−La verdad es que recuerdo que mi tía se asustó cuando lo del maestro −dijo mirando hacia el río que estaban ahora bordeando−. En primavera me mandaron a estudiar fuera y luego me acogiste en tu taller de relojería por lo que no volví más a la granja.
Las ramas retorcidas de un pequeño arbusto se interpusieron en el camino del joven y este las apartó y las partió. El ruido sonó a quejidos a los oídos finos de N’Longa.

−No supe lo que le había pasado realmente al maestro pero si recuerdo que lo enterraron fuera del cementerio. Me llamó la atención e incluso se lo pregunté a mi tía pero…ella me hizo callar.
El joven Antonien se quedó callado meditando sobre ello mientras el anciano seguía caminando a su lado.
La bruma nocturna se había levantado silenciosa y rodeaba el río hasta los pies de los viajeros. Los grillos comenzaron a entonar sus melodías de cortejo mientras se escuchaba el ulular de un buho a lo lejos.
Pasados varios minutos en silencio, escuchando el bosque, comenzaron a ver un objeto entre la espesura que parecía clavado en el suelo y que presentaba líneas rectas en yuxtaposición a todo lo que le rodeaba.
−Esta cruz no estaba cuando yo era pequeño. Será en recuerdo de algún viajero perdido −dijo aquello con media sonrisa mientras miraba a N’Longa.
El sonido del chapoteo de las hojas que caían en el río les llegó mientras continuaban hablando.
−Deberías tener mas respeto por estas cosas.


Las enredaderas cruzaban de lado a lado el angosto sendero aún visible por entre las raíces y los guijarros. Los dos viajeros caminaban despacio apartando los obstáculos vegetales que les cerraban el paso. La noche ya había vestido el bosque y los andantes se guiaban mal por entre los enraizados pliegues del camino. De pronto, en mitad de la niebla comenzaron a ver un pequeño haz de luz.
−Ya estamos llegando, N’Longa. Esa luz es de la granja. Date prisa.
−Espérame −le señaló el anciano−. El río está muy cerca y esta niebla no me deja ver bien la senda.
Pero el joven ya estaba lejos, a varios metros de N’Longa, esquivando ramas y cañas secas que le estorbaban en el camino.
−¿Qué es esto…−el joven se giró en el suelo para saber que se le había enredado. Una mano nudosa le agarraba fuertemente de la bota y otra más le estaba sujetando el tobillo. Continuando la imagen se alargaban unos brazos sarmentosos que se hundían en el agua. Unos ojos redondos, sin párpados, lo miraban fijamente desde las aguas mientras los brazos arrastraban al joven hacia el río.

La espesura comenzaba a clarear mientras N’Longa salía del bosque pensando en la caliente cena y la cama donde descansar de aquella larga jornada. Por primera vez desde que entró en aquel enmarañado bosque se relajó y dejó escapar un suspiro de alivio.
Continuó avanzando por el camino empedrado que llevaba a la granja creyendo que Antonien ya estaría abrazando a sus tíos mientras, varios metros atrás, otros brazos se estaban uniendo a los primeros para arrastrar al aterrado joven hacia las aguas oscuras.

Diana Sobrado
Publicado en la Revista Prímula (Junio 2012)

jueves, 21 de junio de 2012

Trepa como hiedra


Ahora que este río
me corre por las ramas,
y trepa como hiedra
directa a los principios,
mi mano se adelanta
y busca en los silencios
la huella de tus pasos
perdida en los rincones.

Igual que negros lobos
me asaltan las mareas
de final de verano
y se alargan las lunas
que mueren en la playa.

Para buscar el mar
que todo lo apacigua,
tomaré, ya desnuda,
como llegué a la vida,
mi última piragua.

Carmen Agún González
Publicado en la Revista Prímula (Junio 2012)

domingo, 11 de marzo de 2012

La perfección




Acababa de  probar la perfección. Aquel  vaso contenía el deseado aroma, su ideal de sabor, el color soñado ¡Estaba allí! Sus vacaciones se habían truncado.

Todo comenzó cuando su mujer se encaprichó por conocer el Norte de España. A él no le apetecía mucho el destino, pero accedió por no aguantar su enfado. Así llegó a Asturias. Le habían comentado que tenían sidra, la probaría, nunca imaginó que pudiera ser mejor que la que él producía en su château de La Bretagne. Distraído, observaba cómo antes de descorchar la botella el camarero la agitó para dispersar el poso cuando, displicente, tomó un trago y se encontró con la perfección.
Su mente ya no pudo dejar de pensar en aquella sidra. Quiso saber, compró libros, botellas, se documentó sobre el proceso, no podía ser todo tan trasparente… tenía que conocer el secreto. Deseaba la fórmula, la compraría. Aquella excelencia debía formar parte de su marca. Lo lograría costase lo que costase.
No continuó sus vacaciones, su esposa enfadada sí lo hizo.
Los abogados, fracasaron en las conversaciones con los dueños de diversos llagares en la compra de la fórmula, ya que todos ellos insistieron una y otra vez en que era natural, no había secretos. Pero no les creyó, no sabían con quien trataban. Él no conocía barreras en su ambición. Contrataría espionaje industrial. Robaría la fórmula.

El espía que tenía delante era el mejor. Aquella misma mañana había llegado. Se citaron en un establecimiento con el suelo alfombrado de serrín que los lugareños llamaban “chigre”. Eran las dos de la tarde, todo el mundo bebía por los enormes vasos y cada grupo por el mismo, ¡Mon Dieu!. ¡Ah, rústicos! ¿Por qué tenían cara de ser felices? Bebían, reían, tiraban el sobrante al suelo. ¡No entendía nada! Echaban esa perfección olfativa desde lo alto contra el borde de los vasos, y la espuma, aquella espuma... ¡Eran gentes diferentes!. Pero algún poder tenía esa magistral fórmula porque lo elaborado en su cuidada y moderna bodega, nunca, que él supiese, había producido esos efectos de alegría en su clientela. Una punzada de envidia le atravesó el pecho. La fórmula sería suya.
“No ha sido difícil, son muy confiados”, comentó el sicario, cuando tras un exhaustivo trabajo por los principales llagares le entregó el modo de elaboración con todo detalle, anotaciones y discos informáticos.
 Perfecto; lo había logrado. Ya no existían secretos para él. Curioso detalle, también eran asépticos y cuidadosos en la elaboración.
Regresó a su empresa y movilizó a toda la plantilla de físicos y químicos del laboratorio. Su marca sería la admiración de la zona, y la sidra, su sidra,  la mejor del país.


Preside el Consejo de Administración reunido ante él en el espacioso despacho del château. Será el gran día tras meses de arduas investigaciones de los físicos y químicos que han trabajado con los datos. Seguro que le concederán la ampliación de capital que piensa solicitar cuando prueben el primer néctar que servirán hoy. Mientras aguarda que llegue el equipo de elaboración para servir la cata, recuerda el inicio de la aventura que está a punto de encumbrarle a lo más alto.
La puerta del despacho se abre. Entra el jefe de laboratorio. Su rostro refleja una extraña expresión y la bata blanca destaca su palidez. Le siguen todos los ayudantes. Él, advierte cierta tensión en el ambiente.
―Necesito hablar con usted en privado ―dice casi en un susurro el recién llegado.
―No se preocupe ―responde él sonriente―  lo que tenga que hablar, dígalo aquí, no tengo secretos para el Consejo. Usted dirá.
Paso a paso tiene  que escuchar incrédulo, las explicaciones del químico: los ácidos orgánicos como el málico… la transformación bioquímica de los polifenoles y su repercusión sobre el color, el aroma… los descriptores sensoriales relacionados con la espuma… la regulación de la población de levaduras… las variables físicas de la concentración de azúcares y macromoléculas… la fermentación natural…
Conclusión: La sidra se agria, los discos informáticos se borran, las notas delante de sus ojos se vuelven invisibles.

Y fue entonces, delante de todos, sin poder evitarlo, cuando lo que creía iba a ser la consolidación en el sector, se convierte en su derrota.
―Lo hemos intentado por todos los medios a nuestro alcance, pero al final los resultados son imposibles ―comenta apesadumbrado el jefe de laboratorio―. Creo, señor, que cómo dicen en la tierra de donde trajo los datos, los resultados no son de bandera sino puxarra.
¿Cómo osa decirle semejante cosa este estúpido empleado? Mientras los ayudantes asienten, sus pobres oídos también  tienen que soportar algo inverosímil, lo más ridículo que jamás se les ha dicho a los condes de Destrailleaux, título del que él era, hasta ese día, orgulloso heredero.
―Una leyenda cuenta que la sidra asturiana elaborada fuera de sus fronteras está protegida por sus Duendes y…, señor, creemos que es la realidad. No podemos elaborarla.

Mara A. Loredo
Publicado en Revista "Vivencias" (diciembre 2011)

jueves, 8 de marzo de 2012

Lucha por la libertad



Quiso abrir la jaula en la que estabas,
dotar de alas tu humanidad perdida,
abrir las puertas de tu alma
para que el sol la inundara de vida.
sacarte de la esclavitud del tedio,
pintar un nuevo horizonte a tus días,
hacer que ideas radiantes y claras
te iluminaran y sirvieran de guía.

Tu burla obtuvo como premio
al esfuerzo tenaz, y amor baldío
al cultivo que puso en el empeño.

Te resististe, amor, y fue tan duro
luchar contra corriente en estos mares,
tanto tiempo absorta con los remos
sin percibir la brevedad del día,
que terminó sin fuerzas y vencida
quedándose en la jaula de la lucha;
mientras que tú, sonrisa traicionera,
echabas el cerrojo y lentamente
sin temblarte el pulso ni un instante,
observando por si algún testigo había,
dabas vueltas y vueltas a la llave
marchando triunfante por la vida.
Pensando,-¡equivocado amor!-,
que, a cada cual…lo que se merecía.

Carmen Agún González

jueves, 16 de febrero de 2012

He seguido tus huellas

He seguido tus huellas a lo ancho del mar,
he seguido tus huellas por toda la ciudad,
como un fuego fatuo
te creí encontrar en el ave cantora
que de forma fugaz, nos deja su concierto,
llega rauda y se va.

He buscado tu imagen, sin poderla encontrar,
en las nieves de invierno,
en el calor del hogar,
en el niño que quiere conocer la verdad,
en el joven que busca
justicia y libertad.
La alegre primavera no te ha visto pasar.

Pregunté a las rosas y a la tempestad,
pregunté a la luz
y a la oscuridad,
nadie sabe si existes
o eres eco al llegar.
Algunos han oído tu nombre,
esperado tu afán,
pero no hay certeza de que seas leal.
El verano tramposo, dice, te ha sentido vagar,
caminabas despacio, siguiendo el ritual
que siguen los que mueren
cuando al otoño van.

Carmen Agún González
Publicado en la Revista Prímula (Junio 2012)

martes, 7 de febrero de 2012

Amanece en Bratislava


El tren iba ligero, como una pluma al viento,

buscando su camino de plata entre las sombras.
La ilusión del viajero dormía en las literas,
reposaban los cuerpos rotos por el cansancio,
y yo, desde el pasillo, adelantando el tiempo,
como un ave nocturna a la luna miraba,
quizá en algún lugar, tú también la mirases.
 
Poco a poco en el cielo
el milagro diario comenzó a realizarse, 
más rápido que nunca,
el sol majestuoso acortaba distancias
con el azul planeta,
como si dos amantes, a la cita
acudieran, después de mucho tiempo
sin poder olvidarse.
 
Y sentí tanta envidia en aquel gran instante...
que quise ser la Tierra y poder abrazarte,
sobre las grandes cúpulas y las altas agujas,
a través del Danubio y los barcos mercantes,
y envolverme contigo como te envuelve el aire.

 
Carmen Agún González

lunes, 6 de febrero de 2012

Antígona o el deber cumplido


No naciste para el odio
Ni fuiste Caín en vida,
Incumpliste de Creonte
La injusticia fratricida
Y así llegaste a la cumbre
De buena ciudadanía.
Fuiste valiente y humana,
Independiente y vital,
Cumpliendo con tu deber,
Con tu deber fraternal.
Te opusiste a los hombres,
A sus normas y a sus leyes
Sin rehuir el conflicto 
De ser mujer de tu época.
Te opusiste al Estado
De los tiranos del pueblo,
De sus prejuicios caducos,
Y sólo a los propios dioses
Seguiste en su camino,
Persiguiendo la utopía,
Siempre, del deber cumplido.

Carmen Agún González

viernes, 13 de enero de 2012

Vacaciones de verano

A ella no le gustaba viajar.
La puerta empezó a girar en el mismo momento que puso el pie sobre la alfombra.
La fría luz blanca y el aire endurecido por acondicionador contrastaban con el dorado y caluroso día del exterior.
Detrás de un largo mostrador de mármol, un recepcionista la recibió con una amplia y estudiada sonrisa.
Era una suerte que no le gustara viajar.
La habitación con grandes ventanales y vistas al mar parecía la foto del catálogo de una agencia de viajes.
Cada vez estaba más convencida de lo poco que le gustaba viajar.
Cuando abrió la puerta del baño y junto a la ducha de chorros multifunciones apareció el jacuzzi, no lo dudó.
Cruzo la calle, subió a su piso, metió cuatro cosas en el bolso y se fue a pasar las vacaciones al hotel.
Decididamente, no le gustaba viajar.

Manuela González Arias
Publicado en la Revista Prímula (diciembre 2011)

Humillada


Vendaré estos dos ojos humillados
para que mi corazón no recuerde.
Empujaré estas piernas tan dudosas
al refugio que a mi pulso adormece,
allí el cuerpo aterido se acomoda
entre pilas de derrotas candentes.
Entonces, sueño que corro entre nubes
ciñendo valles que rebosan verdes.
Entra el sosiego y aliñando olvidos
a tu mundo canalla me devuelve
y aunque me dolerá mirar tus manos
sombrías, de las culpas que sostienen,
adiestrada en la sinrazón te pido
un poco de calor intermitente.

Paloma Muro de Zaro Otal
Publicado en la Revista Prímula (diciembre 2011)

Martín y el mar


Un resbalón en la cubierta del barco había enviado a Martín a traumatología en el  Hospital del Mar. Cuando le dieron de alta, después de cuatro meses ingresado, Begoña, su hija mediana, le llevó con ella mientras resolvían la situación.
Quince días llevaba Martín con ella, y ese domingo todos sus vástagos, hombres y mujeres, se reunieron para decidir que hacer con él.
—No creáis que lo de la silla de ruedas es porque la necesita —dijo Begoña sin ninguna contemplación—, cuando se cansa de estar sentado se levanta y camina como si no le hubiese ocurrido nada. ¡Ah! ¿Y qué os imagináis que me comentó hace dos días?: Qué no podía encontrar su sitio ni en su casa, ni aquí, sólo en el barco, ¿Qué os parece?
—¿Y tú qué le dijiste —interrogó Braulio, uno de los hermanos—, cuando te preguntó semejante tontería?
—¿Qué le podía decir?, Pues que su sitio es toda la casa y que no entiendo por qué duerme algunas noches en la bañera y no en su habitación.
—Sí, —apuntilló el nieto— y otras veces en el sofá del salón.
—¡Y en el recibidor! si señor, ¡también se acuesta en el recibidor en un saco de dormir!, —remachó el yerno.
Un murmullo se elevó entre los presentes, mientras las miradas se dirigían hacia Martín.
—Donde mejor puede estar es en una residencia —comentó Simón, el mayor de los hijos.
—Pues yo estoy segura que donde estará más cómodo será en nuestras casas —dijo Ángeles, la mayor de las hijas—, así que lo mejor es hacer un sorteo, para decidir a quien le toca quedarse con él en primer lugar, luego ya veremos en qué orden hay que pasarlo. La cuestión es que no se coman el dinero de su pensión unos desconocidos.
Ellos creían que Martín no se enteraba de nada, que después del accidente no era capaz de darse cuenta de lo que ocurría a su alrededor. Pero no era así, él los oía mientras decidían su futuro, sin contar con él.
Martín, sentado en la silla de ruedas y apartado de la reunión escuchaba en silencio.
Martín sólo asistió a la escuela hasta que cumplió diez años; después, a trabajar ayudando a su padre en las tareas del barco.
Martín recordaba su litera; no era muy espaciosa, pero él decía que el aire que respiraba era suyo y allí se sentía cómodo, y dormía bien pensando en los jornales que llevaría a casa para alimentar y vestir a sus hijos.
«—No entiendo como puedes estar contento con lo que tienes que trabajar para sacarnos adelante —decía Elisa, la esposa de Martín al oírle cantar.»
A él no le arrugaba la faena: « Que estudien y no sean unos borricos como yo, esa es mi mayor ilusión, para trabajar ya están mis manos y mis riñones.»
Martín había cumplido setenta y ocho años. Hacía trece que le habían jubilado, pero como el barco era suyo y Elisa se había ido con el Señor diez años atrás, Martín comía, dormía y hacía su vida en el barco, aunque lo patroneara Pablo, su segundo hijo.
Martín cerró los ojos, oyó cantar a las sirenas, y como todo marinero deseó bogar hacia ellas.
Luego, el murmullo de los presentes se fue convirtiendo en un susurro y Martín fue sintiendo la levedad de todo lo que le rodeaba. Él estaba allí, en el mar, subiendo y bajando, arriba y abajo, como la marea. Haciendo bucles con las olas al morir en cualquier playa, o estrellándose con estrépito contra los acantilados. Él sabía que el mar estaba esperándole como una fiel amante.
Vio a Elisa junto a él y su imagen se le fue haciendo cada vez más clara y su voz más audible mientras depositaba un beso en su rostro. Martín no sentía temor, sólo curiosidad y preguntó: «¿Ya es la hora?», Elisa le miró con amor, le tomó de la mano y susurrándole le dijo:
«Acompáñame Martín, hoy vamos a navegar juntos.»


Ovidio del Moral Holguín
Publicado en la Revista Prímula (diciembre 2011)

martes, 2 de agosto de 2011

La visita


Hoy era el gran día. Con qué alegría lo comenzó Marcelina. Por fin había llegado la esperada fecha, la tenía marcada en el calendario con un círculo rojo.
El ambiente no acompañaba, hacía frío, un frío fuera de lo normal para un sábado de  mediados de primavera y,  para colmo, llovía. El reuma le acusaba el dolor de la cadera y también en sus rodillas gastadas por la edad. No le importó. Podría conocer aquel muchas veces soñado, y para ella, inalcanzable lugar. La asociación de vecinos a la que pertenecía había organizado una visita guiada al majestuoso edificio que en tantas ocasiones, siendo joven, había contemplado desde el exterior. Cuántas veces deseó ser un muchacho para poder estudiar en él. Recordaba que en época de la dictadura, estaba reservado sólo para hombres. Sin embargo, se decía a sí misma con pesar, ella era chica.
Sus alas quedaron cortadas desde muy joven cuando, un poco antes de cumplir los catorce años, la pusieron a trabajar. Los padres habían sido rojos en la guerra, se quedaron sin trabajo y no tuvieron oportunidades cuando el conflicto finalizó. Necesitaban el dinero que Marcelina podía aportar. Así, sin estudios ni cualificación profesional, quedó condenada a lo que sabía hacer: fregar. Además: ¿Estudiar… ? ¡Ni hablar! ¿Para qué? No le hace falta a una mujer, total se va a casar. Lo había oído tantas veces… Después, la vida la arrastró a permanecer en un segundo plano.
La realidad era que Marcelina, efectivamente, se casó, mas bien la casaron, ya de mayor. Unos primos lejanos le arreglaron el matrimonio con un viudo conocido de la familia. “Para que no te quedes solterona toda la vida, hija, que tú no tienes arte” ―dijeron las mujeres de los primos―.
 Marcelina vivía sola, no tuvo hijos, y cuando quedó viuda se apuntó a la asociación de vecinos; la idea era relacionarse, como le indicó su nuevo médico de familia (que la trataba de su cojera porque algunos días la cadera le impedía caminar), pero como su marido siempre le decía “tu calla que no tienes conversación” ella se acostumbró a no hablar con nadie, y así seguía. Cuando leyó en el tablón de anuncios la visita para un mes más tarde, se apuntó tímida, casi de puntillas; además era gratis, no repercutiría en su maltrecha economía. Así comenzó  su ilusionada espera.

Desde lo alto de la torre Marcelina mira el paisaje. Hace unos minutos que ha salido el sol a recibirla. Se siente feliz. Jamás antes había disfrutado de una vista desde esta perspectiva. “Mi ciudad ―piensa― seguro que es la más bonita del mundo”. Contempla el mar al fondo. Las suaves colinas que la rodean con su verdor que tan conocido le resulta. Nunca había viajado más allá de ellas que no fuese con la imaginación. Nunca, nunca, realmente no.
En una ocasión su marido la llevó a la capital, un domingo, nada menos que a misa de doce en la catedral, y cuando se casaron también la llevó, en tren, a merendar marañuelas hasta aquella confitería de un pueblo costero cercano.
Tras recorrer con el grupo de visitantes las partes principales del edificio, le llegó a Marcelina el esperado momento de dirigirse a  la torre, para ella atractivo principal de la excursión. Mientras subían en el ascensor, el guía les comentó que la altura del mirador se correspondía con un piso diecisiete y que el ascensor era rápido: tardarán diecisiete segundos en subir.  “Si hubiese nacido más tarde, aunque fuese chica, habría podido estudiar mecánica” ―pensó melancólica―. El ascensor se paró, salieron a un rellano y, a unos pocos metros, tras una puerta, el guía les dio paso al mirador.
 Al poner el pie en la estrecha terraza y notar en su rostro el sol,  justo en ese momento se rompieron las nubes, Marcelina sintió una explosión de satisfacción.

Terminado el tiempo destinado a permanecer en el mirador, el guía les indica que van a ir bajando. Los visitantes le siguen dóciles.  Ella apura la ocasión contemplando la vista del entorno de la torre. Al borde de la barandilla de piedra, concentrada en su personal complacencia, no se da cuenta de que  queda sola en el mirador. En ese preciso instante, cuando sale de su abstracción, se da la vuelta y no ve a nadie. Vuelve sobre sus pasos, entra otra vez por la puerta mirando hacia atrás, observa de nuevo  el horizonte. Una última mirada.
Se encuentra en el pequeño rellano con la puerta del ascensor, a su derecha hay una luz que indica que este está bajando, “son diecisiete segundos lo que tarda” ―piensa, recordando la voz del guía―.
La luz se apaga. Acciona el pulsador del ascensor. Nada se enciende. A su memoria acude el detalle de que todas las puertas tenían cerraduras y que el guía las iba abriendo a su paso.
De repente la torre ya no le parece tan idílica, el rellano es gris y desangelado. Desconcertada, sin saber que hacer, explora a su alrededor.
Observa una escalera en penumbra al lado del ascensor. Se dirige hacia abajo, tiene  una reja, de algo más de un metro de altura, cerrando el paso. Aparta su vista de ella. Contempla la puerta del ascensor. Trascurre el tiempo. Permanece estática delante. No hay ningún cambio. Vuelve a mirar la escalera. Lo piensa un momento. Se decide. Como buenamente puede, trepa y salta la verja con dificultad.
Comienza a bajar la escalera. Duda. Decide continuar. Es una estrecha escalera de caracol. Cuando lleva un tramo tiene que detenerse para descansar, el dolor de su cadera enferma se agudiza demasiado. Tras una pausa sigue descendiendo un peldaño tras otro, tantea cada escalón siempre con el mismo pie, el sano. La bajada se le está haciendo eterna. Las rodillas le duelen demasiado, su cojera se acentúa tanto que tiene que volver a parar.
Por momentos Marcelina no ve por donde pisa. Tiene que comprobar, con su pie derecho, la distancia hasta el borde y la altura de cada peldaño. La luz que entra por las escasas ventanas que hay en la torre no es suficiente para iluminar la escalera. Necesita utilizar las manos, buscando el apoyo de la pared, para no caerse.
Hay un instante, dentro de esa estrecha escalera sin fin, en el que Marcelina empieza a sentir miedo,  las ideas se agolpan en su cabeza “¿Y si no hay salida abajo? ¿Y si hay una puerta cerrada? ¿Y si no la esperan?” Conforme va descendiendo su corazón cada vez late más fuerte. Por fin, termina de bajar. Al final de la escalera hay otra reja, esta vez un poco más alta. Nuevamente intenta saltar por encima, pero en esta ocasión le resulta imposible, ella es muy bajita, y agachándose tampoco puede pasar, por la parte inferior de la reja no hay espacio suficiente para su cuerpo.
Tirados en los últimos escalones permanecen sombríos restos de mobiliario roto y olvidado. Con terrible esfuerzo, mientras  estallan en sus oídos los latidos de su corazón,  utiliza los muebles apilándolos junto a la reja.
Tras varios intentos, ya que pierde el equilibrio y tiene que volver a empezar, Marcelina logra encaramarse a lo alto del amasijo de maderas. Al otro lado, el suelo de la planta baja le parece un abismo. Intenta dejarse deslizar hasta que termina cayendo. Se da un golpe al impactar su cuerpo contra el mármol. A pesar del dolor, sabe que no se ha roto nada. Magullada, se levanta arrastrando su cadera enferma, ansiosa por salir se dirige a las enormes puertas de cristal. ¡Las puertas están cerradas!
 Marcelina no lo puede creer. Tira de los pomos. Empuja una y otra vez. ¡Cerradas!
 No hay nadie... El gran patio está solitario… Aún es de día… “Alguien pasará y me verá aquí” ―piensa―. Golpea, grita: ―¡Por favor…! ¡Por favor…! ¡¿Hay alguien…?! ―Pero es inútil. No hay nadie para escucharla.
―¡Estoy encerrada…! ―No hay nadie para verla encerrada.
Agotada, aplastándose contra las puertas,  se deja deslizar hasta sentase en el suelo.
Empieza a sentir sed, también tiene necesidad de ir al baño. Comienza a temblar de angustia, respira con dificultad. 
Pasa el tiempo… Se ha hecho de noche, nota frío, siente hambre, tiene miedo, le falta el aire.
―Pero… ¿Cómo es posible que no haya notado nadie mi ausencia? ―se pregunta de forma desgarrada en voz alta.
“Mis vecinos ni me contestan cuando saludo, parece que soy invisible para ellos” ―sigue elucubrando―. “Y si nadie sabe que estoy aquí ¿Qué me ocurrirá? ¿Si nadie pasa por la torre que será de mí?”. Se pone en pie, intenta desesperada romper la puerta. No puede, no tiene fuerza en sus manos, no hay nada a su alrededor con que poder ayudarse. Solo es una vieja solitaria. Una visión le aterroriza: puede quedar allí apagándose lentamente, hasta que…
El terror le impide llorar. Queda pegada a la gran puerta de cristal. El cuerpo le duele tanto  que ya ni lo siente.

Se ha quedado dormida en el suelo. Está helada.
Una luz le da de pleno en la cara. No sabe qué le ocurre ¡…La están golpeando!
―Señora, señora, ¿Me oye?
 Le oye perfectamente, ¿Por qué le grita? ¿Por qué la golpea?
‹‹¿Quién es este hombre de uniforme? Le denunciaré, como dicen en la televisión.
Pero primero tiene que librarse de él. Se levanta ligera, no pesa nada.
››Qué bien me encuentro hoy. Y mi cadera… no me duele ¡Si no cojeo!
››Este pasillo... Allí, al final, está la salida››.
 Dando media vuelta, tranquila, se aleja inmersa en la oscuridad.
 Sus pasos se encaminan sin titubeo hacia la luz.

Un vigilante que tras salir de su asombro ha logrado moverse, pero impactado aún, por haber encontrado a una anciana en la ronda periódica por la base de la torre, la mueve frenético, aunque consciente de que es inútil, tratando de reanimarla. Es evidente que no respira.

Mara A. Loredo
(1º Premio en el I Certamen Literario de la Asociación 50+)